Mis confesiones
Mis confesiones Titof me llevaba a las oficinas de la finca, iniciándome en el papeleo. Ésta era mi vida. Se me antojaba que Titof me vigilaba, que me seguÃa en silencio como si esperase algo de mÃ. Me sentÃa inquieto y era desgraciado.
Nunca he tenido el carácter alegre, pero en la época a que me refiero, era más bien sombrÃo. No tenÃa con quien hablar, aunque tampoco tenÃa ganas. Cuando Titof o su esposa me interrogaban sobre Larión, no acertaba a contestarles.
Me abrumaba una vaga sensación de angustia; los Titof me disgustaban por el sospechoso sosiego de su existencia. Casi todos los dÃas iba a la iglesia a ayudar a Vlassi y al nuevo diácono, joven apuesto que habÃa sido maestro de escuela. AtendÃa al culto sin grandes entusiasmos; era muy amigo del párroco, al que besaba la mano y seguÃa como un perro. Me reprendÃa constantemente y sin razón, pues sabÃa mejor que él el servicio divino y no me apartaba jamás de los cánones.
Éste fue el momento en que, por ser mi vida tan penosa, comencé a sentir el amor de Dios.