Mis confesiones

Mis confesiones

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Más tarde se encargó de mí el sacristán Larión, con quien estuve otros cuatro años. Era éste un hombre solitario y extraño; bajo, redondo como una bola, de cara también redonda, pelo rojo y voz aflautada como una mujer. Me recogió porque se aburría. Tenía un corazón excelente y se mostraba bondadoso con todo el mundo. Le gustaba el vino y bebía con frecuencia. Cuando estaba en ayunas permanecía siempre silencioso y con los ojos entornados; su aspecto era el de un culpable. Pero apenas bebía, comenzaba a entonar salmos y cánticos con voz sonora, y a erguir la cabeza, sonriente.













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