Mis confesiones
Mis confesiones Rehuía la sociedad de sus semejantes, vivía con pobreza y dejaba en manos del cura la parte que le correspondiera de los provechos parroquiales. Pescaba en invierno y en verano; otra de sus distracciones era la caza de aves canoras, arte en que me inició. Amaba a los pájaros, que no le temían, y llenábase de gozo cuando los colorines —muy selváticos de ordinario— corrían a enredársele entre los cabellos rojos como llamas; o cuando las avecillas, posándose en sus hombros, le contemplaban con una inclinación de sus cabezuelas inteligentes. Otras veces, Larión se echaba sobre un banco y esparcía cañamones por sus cabellos y barba; era de ver entonces cómo canarios, jilgueros y pinzones, acudían en bandadas a picotear en la cabellera del sacristán; pellizcábanle la oreja, daban saltitos en sus mejillas, se le sentaban en la nariz, mientras él reía, guiñaba los ojos y les hablaba con dulzura. Yo sentía envidia porque los pájaros huían a mi presencia.
Alma tierna la de Larión. Pero si los pájaros le entendían, no ocurría lo mismo con los hombres. Y no lo digo en son de reproche: sabido es que los hombres no se alimentan de caricias.
