Mis confesiones
Mis confesiones Muchas veces en invierno los tiempos eran duros: escaseaba la leña y también el dinero gastado en beber. La pequeña choza estaba frÃa como una cueva; sólo los pájaros la animaban con sus gorjeos. Tendidos sobre la estufa apagada, Larión y yo nos abrigábamos con cuantas prendas poseÃamos, atentos al canto de las aves. El sacristán, excelente silbador, les silbaba una tonada; en verdad, parecÃa una picuda, con su narigota encorvada y su cabeza bermeja. A las veces me decÃa: «¡Escucha, Motka (mi nombre de pila es Malvei), escucha!»
Echado de espaldas, con las manos entrecruzadas bajo la cabeza y los ojos entornados, entonaba, con su voz aflautada, la misa de difuntos. Los pájaros callaban; estaban escuchando, y volvÃan luego a sus cantos con más ardor. Larión esforzábase entonces en cubrir sus trinos, pero los pájaros pugnaban hasta desgañitarse, sobresaliendo en esta porfÃa canarios y jilgueros, mirlos y estorninos. HabÃa ocasiones en que Larión ponÃa tal extremado empeño en su tarea, que se le saltaban las lágrimas, se le empapaba la cara de sudor y su tez, humedecida por el llanto, adquirÃa un tono grisáceo.
Esta música me aterrorizaba, hasta el punto de que una vez le pregunté en voz baja:
—TÃo, ¿por qué has de cantar siempre la misa de difuntos?
Interrumpióse, me miró y contestóme riendo:
