Mis confesiones

Mis confesiones

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—Es tarde ya —arguyó, riendo—. No puedes tomar los hábitos, así, repentinamente; además, los hermanos conversos están sujetos a las armas. No, Matvei; nada puedes hacer para bastardear el destino, como no sea con dinero.

—Dádmelo, puesto que tenéis mucho —interrumpile.

—¡Ah, vamos! —contestó—. La cosa te parece muy sencilla. Pero ¿lo es, en realidad, para mí? Reflexiona un momento: mi dinero puede ser el fruto de un gran crimen; ¡acaso he vendido mi alma al diablo! ¡Mientras yo me encenegaba en el pecado, tú te portabas honradamente y ahora quisieras seguir el mismo camino sirviéndote de mí! Le es muy fácil al justo alcanzar el paraíso, si el pecador lo lleva sobre sus espaldas. Pero yo no estoy dispuesto a servirte de cabalgadura. ¡Es mejor que peques, y Dios te otorgará su perdón que ya conquistaste de antemano!

Contemplé fijamente a aquel hombre y me pareció que de súbito se elevaba por cima de mí y que yo me arrastraba a sus plantas. Me di cuenta de que se burlaba de mí; puse término a la conversación y por la noche trasladé a Olga las palabras de su padre. Las lágrimas asomaron a los ojos de la joven; percibí las pulsaciones aceleradas de una venita azul junto a su oreja; ese temblor furtivo repercutió vivamente en mi pecho. Olga murmuró tristemente:


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