Mis confesiones

Mis confesiones

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—Las cosas no suceden como deseamos.

—¡Sí! —exclamé—. ¡Se arreglarán!

Había hablado irreflexivamente, pero por el hecho de haber pronunciado aquellas palabras, contraje un compromiso con Olga y conmigo mismo. No podía retractarme.

Ese día marcó el comienzo de un período pecaminoso, de una era turbia y oscura. Me sentía divagar en mí mismo, como una paloma entre la humareda de un incendio. Me apenaba separarme de Olga; hubiera querido tenerla por esposa; la amaba. Pero lo que más hería mi orgullo era pensar que Titof tenía un carácter más entero y tenaz que el mío. Le despreciaba porque era un ladrón, porque tenía un alma tenebrosa, cuando de golpe descubrí en esta alma un vigor que me subyugaba.

En la aldea se supo pronto que me habían negado la mano de Olga. A mi paso, las mozas se reían burlonamente, las comadres murmuraban, Savelko me hería con sus sarcasmos, y todo eso me sublevaba, llenándome el alma de negruras.

En los instantes de oración se me antojaba que Titof venía a colocarse detrás de mí, soplándome en la nuca. Y oraba de un modo incoherente, sacrílego, sin pensar en Dios, absorbido en mis preocupaciones.


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