Mis confesiones
Mis confesiones —Bueno; pues no te dejaré pasar.
—Ya veremos.
Comprendió que no darÃa mi brazo a torcer.
—¡Vamos! —dijo—. Era una broma; pero tampoco tú eres amable, que digamos.
Guióme hasta una pieza muy reducida. Recostado en un diván, habÃa un viejecito de cabellos canos y sotana verde; tosÃa con frecuencia y tenÃa aspecto fatigado. Sus ojos, expresivos y severos, se hundÃan en las órbitas.
«Éste acaso pueda decirme algo», pensaba yo entretanto.
—¿Qué te trae aqu� —interrogóme.
—¡Tengo el alma agitada, Padre!
El secretario, que permanecÃa en pie detrás de mÃ, me murmuró al oÃdo:
—Di: Vuestra Reverencia.
—Mandad salir a este empleado —exclamé—. Me molesta hablar en su presencia.
El arcipreste me echó una rápida ojeada, se mordió los labios, y dijo:
—¡Pasa a la habitación contigua, Alexis! Y ahora cuéntame lo que te pasa.
—Dudo de la misericordia de Dios.
Llevóse la mano a la frente, contemplóme un instante y murmuró con voz pausada:
—¿Cómo? ¿Cómo? ¡Ah, imbécil!