El Caballo de hierro
El Caballo de hierro —¡Psch…! No entiendo a las mujeres tan bien como a otras criaturas —dijo reflexivamente Slingerland—, pero, asà y todo, me atrevo a afirmar que Allie experimenta interés por usted.
—¡Slingerland! ¿Quiere acaso decir que… que me ama…? —preguntó Neale.
—No lo sé. Tal vez no. Tal vez es incapaz de amar. Lo que sà creo es que usted y ese sangriento recuerdo son las dos únicas cosas en que piensa.
—Entonces, ¿será una lucha entre ese recuerdo y yo?
—Asà lo creo. Pero piense que no soy ducho en la materia. Sencillamente, opino que si usted se lo propone, puede llegar a hacerle olvidar aquello.
—Por mÃ… no quedará. Su estado me llega al alma. Habiéndole salvado la vida, ¿no habré de hacer cuanto sea posible por salvar su razón?
—Está sola.
—No… Allie tiene amigos… Usted, King y yo. Ya somos tres.