El Rancho Majestad
El Rancho Majestad —Interrumpirlos, naturalmente —contestó Lance; comprendió que era el único hombre de los presentes allí que tenía cierta experiencia en la cuestión, e hizo un esfuerzo por aparentar calma y firmeza, cuando interiormente estaba temblando. Le tranquilizó la idea de que el ancha ala del sombrero le ocultaba el rostro.
—Toma una tajada de tocino, vaquero. Verás qué bien sé cocinar… Bueno; ¿cómo piensas que pueden interceptarse esas expediciones clandestinas?
—Me gustaría que Starr me ayudase a hacerlo —respondió Sidway.
—Así se hará. Los dos juntos, que sois jóvenes y tenéis sangre de vaqueros, podréis encontrar un medio de defensa —dijo Stewart.
—Estoy a tu lado, compañero, y tengo varios proyectos —añadió Starr con impasibilidad—. Pero podemos hablar mientras comemos.
Lance intentó pensar con todas sus potencias. Se hallaba en una situación en que deseaba hacer un buen papel. Pero el hecho de que aquellos viejos ganaderos, que habían luchado contra los ladrones y los mejicanos por espacio de más de veinte años, arrojaran la responsabilidad sobre sus hombros y los de Starr, le parecía más atontador que inspirador.
—Starr, ¿a qué hora de la noche se halla esa carretera más libre de tránsito? —preguntó Lance.