El Rancho Majestad
El Rancho Majestad La hora del crepúsculo se aproximaba cuando Gene Stewart llegó al patio de su rancho. El camino desde Bolton se le hizo muy corto a pesar de su viejo automóvil, y por primera vez no gozó con la vista del magnífico paisaje que tanto había amado durante treinta años. Aquella tarde, los lugares tan llenos de recuerdos de tiempos más libres, no provocaron sus sueños de siempre. Ni siquiera las ruinas de adobe del pueblecito mejicano donde Magdalena le había suplicado que se regenerase, que abandonara sus malas costumbres y empezase a trabajar para ella en su rancho, pudo dejar de recordarle el nuevo giro de su vida actual. Algo ensombrecía sus ojos que le impedía ver aquella llanura cubierta de vegetación en que amargado y desesperado arrojara a Magdalena de su caballo sabiendo secretamente que era su esposa, que le pertenecía, y que aun cuando ella no lo creyese en aquellos momentos, él huía, la abandonaba definitivamente para romper con aquella terrible vida de violencias y borracheras, haciéndose matar. Y la había besado con toda la pasión de su forzosa renuncia. Cuando Gene, al pasar por el teatro donde tuvo lugar tan dramática escena, veinte años antes, no lo recordó, debía de estar verdaderamente absorto en sus preocupaciones.