Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja —Pues mal lo habrá de pasar ese Venters si no rectificas en seguida —dijo con ferocidad Tull.
Los hombres de éste aparecieron en aquel instante llevando preso a un joven cuyas destrozadas ropas eran las de un proscrito. Mas su actitud era de arrogancia: llevaba la cabeza erguida; el pecho, saliente; los músculos de sus atados brazos, en tensión, y en sus ojos, una mirada despectiva, retadora, para Tull.
Por vez primera se dio cuenta Juana del verdadero espÃritu de Venters, y, asombrada, se preguntó si amaba al valiente joven. Luego serenóse y siguió con interés la escena entre Venters y sus enemigos.
—Venters, ¿quieres alejarte de Cottonwoods inmediatamente y para siempre? —preguntó Tull con frialdad.
—¿Por qué? —repuso el jinete.
—Porque lo mando yo asÃ.
Venters se echó a reÃr con desdén. Las oscuras facciones de Tull se sonrojaron.
—Tu desobediencia significará tu ruina —dijo con alterada voz.