Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja —¡Mi ruina! —exclamó con vehemencia Venters—. ¿No me habéis arruinado ya? ¿A qué llamas tú mi ruina? Hace un año era yo un verdadero jinete. TenÃa caballos, ganado y un buen nombre en Cottonwoods. Y ahora, cuando vengo aquà para ver a esta mujer, me haces perseguir por tus hombres. ¡Me acorraláis! Me veo tratado como un ladrón de caballos. Ya no tengo nada que perder… excepto la vida.
—¿Quieres alejarte de Utah?
—¡Oh, ya sé! —exclamó Venters con sorna—. Te molesta la idea de que la hermosa Juana Withersteen sea amable con un pobre gentil. La quieres sólo para ti. Eres un mormón de los que practican la poligamia. Te vendrÃan muy bien ella y su hacienda, y la Fuente, y las siete mil cabezas de ganado.
Tull apretó los dientes con rabia, hinchándosele las venas del cuello.
—Por última vez: ¿quieres marcharte?
—¡No!
—Entonces haré que te azoten hasta que chorrees sangre —replicó Tull con ferocidad—. Y luego te haré echara la pradera. Y si vuelves, lo pasarás aún peor.
Las agitadas facciones de Venters tornáronse rÃgidas, pétreas, y el bronceado color de su rostro se volvió gris. Juana, impulsiva, avanzó un paso.