Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja —¡Oh, Elder Tull! —exclamó—. Tú no harás eso. Tull la amenazó con la mano.
—¡Ea, basta ya! ¡Compréndelo de una vez! No se te permitirá que tengas amistad con este muchacho; nuestro obispo no lo quiere. Juana Withersteen, tu padre te dejó riqueza y poder, y eso te ha trastornado. Aún no has ido a ocupar el sitio de las mujeres mormonas. Una y otra vez te lo hemos dicho. Hemos esperado pacientemente. Hasta permitimos que tuvieras tus diversiones, lo que pocas mujeres mormonas pueden decir, y, a pesar de todo, no has entrado en razón. Ahora, esto se acabó; no se te consentirá que tengas tal amistad. Venters va a ser azotado y, después, ha de alejarse de este territorio.
—¡Oh, no le peguéis! ¡SerÃa cobarde y brutal! —imploró Juana sintiendo flaquear sus fuerzas.
Se dio cuenta de que habÃa pretendido hacer un alarde de osadÃa que estaba muy lejos de sentir. Tull se le mostraba ahora de un modo distinto, no como pretendiente celoso, sino representando el misterioso despotismo que ella conocÃa desde su infancia: el poder de los mormones.
—Venters, ¿dónde quieres recibir el castigo, aquà o en la pradera? —preguntó Tull sonriendo de un modo inhumano, aunque con un destello justiciero en sus ojos…