Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja —¡AquÃ…, si es necesario! —contestó Venters—. Pero más te vale matarme ahora mismo, porque si no, juro que te costará cara tu brutalidad, a ti y a tus mormones. ¡Me convertirás en otro Lassiter!
El extraño brillo, la austera luz que parecÃa irradiar el rostro de Tull podÃa interpretarse como santo goce ante la espiritual concepción del exaltado deber, pero habÃa en él algo más, apenas disimulado, algo personal y siniestro, un abismo aterrador. Tan despiadado serÃa en su odio como fanático e inexorable era en su religión.
—Tull, me arrepiento —balbuceó Juana. Su religión, la inveterada costumbre de obedecer, de humillarse, y también la angustia del miedo, la hizo hablar as×. ¡Perdona al muchacho! —murmuró.
—Ya no puedes salvarle, es demasiado tarde —repuso Tull.