Los Jinetes de la Pradera Roja

Los Jinetes de la Pradera Roja

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Juana inclinó la cabeza ante lo inevitable. Dióse cuenta de la realidad y, de pronto, surgió en ella un ser más fuerte, endurecióse lo que hasta entonces había sido suavidad y blandura. Otra vez su indolente mirada contempló las onduladas praderas. Juana amaba aquella roja selvatiquez que, en los momentos de angustia, habíale dado consuelo y fortaleza, y en los momentos de felicidad, su belleza había sido su mayor gloria. En aquel momento de extrema necesidad murmuró: «¡Salvadle, Dios mío!», como si de aquellos rojos y selváticos lugares pudiera surgir un hombre intrépido, libre de prejuicios religiosos y raciales, que detuviera la inexorable brutalidad de los suyos.

Los hombres de Tull cesaron en sus impacientes movimientos. Oyóse un murmullo de voces, luego una exclamación:

—¡Mirad! —dijo uno señalando al Oeste.

—¡Un jinete!

Juana Withersteen se volvió y, en efecto, vio a un jinete que venía hacia ellos, cuya silueta se destacaba sobre el cielo del Oeste. Habíase aproximado desde la altura de la izquierda y nadie lo vio hasta que estuvo muy cerca. Aquella inesperada aparición parecíale a Juana como una respuesta a su silenciosa plegaria.

—¿Lo conoces tú, Juana? ¿Lo conoce alguien de vosotros? —preguntó Tull apresuradamente.


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