Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja —¿Inútil? —exclamó con indignación Juana—. Venters no es un hombre inútil. Ha sido el mejor jinete que he tenido. Ningún motivo hay para no protegerlo y sà muchos para defenderle. Es vergonzosÃsimo para mÃ, Elder Tull, que Venters se haya atraÃdo por mi amistad la antipatÃa de los mÃos y se convierta en un proscrito. Además, yo le debo eterna gratitud por haber salvado la vida a la pequeña Fay.
—He oÃdo hablar de tu cariño por Fay Larkin y de que quieres adoptarla. Pero, Juana Withersteen, ¿olvidas que la niña es una gentil?
—No, no lo olvido. Porque quiera a una gentil no amo menos a los niños mormones. La adoptaré si su madre quiere cedérmela.
—Nada tengo que decir contra eso. Puedes darle a la niña nuestra enseñanza mormona —dijo Tull—. Pero estoy ya harto de ver a ese Venters a tu lado. Sientes tanto cariño por esos miserables gentiles, que temo puedas llegar a amar a Venters.
Tull hablaba con la arrogancia de un mormón cuyo poder fuera inquebrantable y con la pasión de un hombre en el que los celos hubiesen encendido un fuego abrasador.
—¡Quién sabe si le amaré! —dijo Juana, que sentÃa en su alma temor y cólera al mismo tiempo—. No habÃa pensado aún en eso. ¡Pobre muchacho! La verdad es que necesita quien le quiera un poco.