Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja —Sà —repuso Juana.
—Te mandé decir que concedÃa a ese Venters media hora para personarse en el pueblo. No ha ido.
—No está enterado todavÃa —contestó Juana—. Nada le he dicho. Os he estado esperando aquÃ.
—¿Dónde está Venters?
—Hace poco, en el patio.
—¡Oye, Jerry! —llamó Tull volviéndose hacia sus hombres—. Id a buscar a ese Venters y traedlo aquÃ, aunque sea atado.
Los jinetes, calzados con polvorientas botas de grandes espuelas, marcháronse ruidosamente hacia el bosquecillo de álamos.
—Elder Tull, ¿qué significa esto? —preguntó Juana—. Si quieres arrestar a Venters podrÃas tener la cortesÃa de esperar a que haya salido de mi casa. Y si lo arrestas, cometerás una manifiesta injusticia. Es absurdo acusar a Venters de hallarse mezclado en la riña y el tiroteo que hubo anoche en el pueblo. Estuvo conmigo a aquella hora. Además, me entregó hace tiempo sus armas. Tú sólo buscas un pretexto. ¿Qué quieres hacer con Venters?
—Pronto te lo diré —replicó Tull—, pero antes, dime, ¿por qué defiendes a ese hombre inútil?