Los Jinetes de la Pradera Roja

Los Jinetes de la Pradera Roja

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Mientras esperaba olvidó la desagradable perspectiva del enojoso cambio. El rebuzno de un burro ocioso interrumpió la quietud de la tarde. Juana abarcó con clara mirada las suaves ondulaciones de la pradera, cuajada de artemisas rojas. Hacia el Oeste, el terreno iba ascendiendo poco a poco. Tuyas solitarias y sombrías destacábanse aquí y allá, y a lo lejos veíanse peñascos de rojo color. Más distante aún elevábase una pared cortada a pico, un enorme monumento de piedra rojiza cuya silueta perdíase en lontananza, hacia el Norte. En la parte del Oeste todo era luz, color y belleza. Hacia el Nordeste, las ondulaciones del terreno terminaban, descendiendo, en la linde de los cañones, desde la cual alzábase la tierra alta, que no era una región montañosa, sino una vasta meseta de terreno rojizo, interrumpida por las rocosas paredes de los misteriosos cañones, profundas escarpaduras, cañadas y abismos, coronada aquí y allá por riscos de fantásticas formas. Las alargadas sombras del atardecer iban envolviendo lentamente el paisaje.

El ruido de las rápidas pisadas de algunos caballos sacó a Juana Withersteen de su ensimismamiento, volviéndola a la realidad. Un grupo de jinetes avanzó por el prado, desmontó y recogió las bridas. Eran siete, y Tull, el cabecilla de ellos, un hombre alto, de facciones oscuras, era dignatario de los mormones.

—¿Recibiste mi recado? —preguntó secamente.


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