Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja Llegó Jerd con la llave de la puerta principal del establo y para dar el parte diario sobre los caballos. Uno de sus deberes consistÃa en sacar todos los dÃas a Estrella Negra y Africano, en unión de los demás corceles, y dar con ellos un paseo de unas diez millas. Éste no se habÃa efectuado aquel dÃa y el muchacho se aturdió al querer dar unas explicaciones que Juana no habÃa pedido. Sólo le preguntó si volverÃa al dÃa siguiente, y Jerd, sorprendido y aliviado, le aseguró que siempre trabajarÃa para su ama. Juana echó de menos el ruido y el tráfago que promovÃan sus jinetes cuando regresaban por la noche, después de pasar todo el dÃa en la pradera. Solitaria se paseó por entre los álamos, dónde reinaba el crepúsculo; los pájaros cesaron en sus cantos; el viento suspiraba en las copas de los árboles y el agua de la fuente murmuraba, discreta. El destello de la primera estrella acrecentó la paz y la belleza de la noche. Juana sintió renacer en su corazón la fe y la esperanza, y una secreta voz le dijo que todo tornarÃa a estar bien en su pequeño mundo. Se imaginaba a Venters ante la hoguera de su campamento, solitario, entre sus fieles perros, y oró por su seguridad y por el éxito de su empresa.