Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja A la mañana siguiente, muy temprano, una de las criadas trajo a Juana el recado de que Judkins deseaba hablarle. Se apresuró a salir, y viendo con gran sorpresa que el joven iba armado con rifle y pistolas, olvidó preguntarle por el estado de su herida.
—¡Judkins! ¿Qué significan esas armas? Tú nunca has ido armado.
—Ha llegado, señorita, la hora de armarse —replicó Judkins—. ¿Queréis venir conmigo al bosque de álamos? No es prudente que me vean aquà con vos.
Juana le acompañó hasta las protectoras sombras de los árboles.
—¿Qué quieres decir?
—Señorita, anoche fui a casa de mi madre, y, mientras estaba allÃ, alguien llamó y un hombre preguntó si yo estaba. Fui a la puerta y le vi; llevaba el rostro tapado y me dijo que más me valÃa no seguir al servicio de Juana Withersteen. Su voz era ronca y extraña; la disimulaba, me parece, lo mismo que su rostro. No dijo más y se marchó aprisa.
—¿Sabes quién era? —preguntó Juana en voz baja.
—SÃ.
Juana no preguntó más; no querÃa saber, temÃa saber. Su calma desapareció al instante.