Los Jinetes de la Pradera Roja

Los Jinetes de la Pradera Roja

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Al prestar ayuda a aquellas pobres gentes, Juana tenía conciencia de que engañaba a los dignatarios dé la Iglesia mormona, mas era el suco un engaño por el que no pedía perdón en sus oraciones. Resultábale, por otra parte, más difícil engañar a los gentiles, porqué eran tan orgullosos como pobres. Juana tuvo un gran disgusto al descubrir cuánto odiaban los gentiles a los mormones, y era para ella una fuente dé inagotable alegría el ver que por su caritativa actuación suavizaban aquéllos un poco su odio. Y si antes tal tarea requería una gran serenidad de ánimo, ahora, en momentos de angustia y tribulaciones, Juana se veía obligada a emplear toda su tenacidad para concentrar la atención de su filantrópica obra.

La puesta del sol puso fin a su trabajo y le llevó un sosiego espiritual y una paciencia que no había experimentado antes. Esperaba a Judkins, mas no compareció. La casa siempre estaba sumida en la quietud, pero aquella noche el silencio parecía mayor. Durante la cena, sus criadas sirviéronla con una silenciosa solicitud que decía lo que sus sellados labios no podían expresar: la simpatía y la compasión de las mujeres mormonas.




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