Los Jinetes de la Pradera Roja

Los Jinetes de la Pradera Roja

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—En efecto, es una cosa inaudita aquí en Cottonwoods. Pero, con perdón, señorita Withersteen, tampoco hubo hasta ahora una mormona rica en ésta región, y mucho menos una que no quiere dejarse dominar.

Lo dicho por Judkins era demasiado fuerte, mas Juana no se enojó.

—Judkins, vete al pueblo —le dijo—, y cuando sepas algo definitivo sobré mis jinetes, ven a verme en seguida. Después dé marcharse Judkins, Juana se dedicó resueltamente a ciertas tareas que había abandonado un poco durante los últimos días. Su padre la había entrenado en las labores del jardín y dé los campos, en gobernar hábilmente a más dé cien empleados y en llevar la nota exacta del movimiento del ganado y de los jinetes qué lo guardaban. Además, tan variados deberes habíalos aumentado ella con uno en extremo delicado y que requería todo su tacto e ingenio: la ayuda casi secreta qué prestaba a las familias de los gentiles qué vivían en Cottonwoods. Aunque Juana no quería confesárselo a sí misma, esta ayuda era casi un completo sistema de caridad. De no inventar ella un sinnúmero de trabajos realmente innecesarios, aquéllas familias gentiles, que no podían prosperar en una comunidad mormona, hubiéranse muerto de hambre.


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