Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja —¡Ya lo creo que está claro…! ¡Mi ganado solo en la pradera, para robármelo…! ¡Hay que dejar en la miseria a Juana Withersteen…! ¡Hay que hacerle bajar la cabeza y doblegar su espÃritu…! No puede estar más claro, Judkins.
—Señorita, permitidme que reúna a todos los hombres que quieran seguirme para guardar el hatajo blanco. Ahora está en la pradera, a cosa de diez millas, y son tres mil cabezas, todos bueyes. Son salvajes y es fácil que se produzca entre ellos la estampida. Acamparemos allà y los guardaremos.
—Judkins, algún dÃa recompensaré tus servicios, a no ser que me lo quiten todo. Reúne esos hombres y dile a Jerd que te deje escoger entre mis caballos el que más te convenga, excepto Estrella Negra y Africano. Pero… no vertáis sangre por mi ganado, ni tampoco arriesguéis temerariamente vuestras vidas.
Juana Withersteen buscó en seguida silencio y soledad en su habitación y, al entrar en ella, no pudo por más tiempo refrenar su cólera. La cegó la furia de una pasión hasta entonces jamás revelada con tal potencia. Echada en el lecho, con los ojos cerrados y la boca contraÃda, ardÃa interiormente en tremenda llama. Y revolvÃase inquieta mientras la llama ardÃa hasta consumirse poco a poco.