Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja Luego, débil y exhausta, estuvo pensando, no en la opresión que se ejercía para doblegar su espíritu, sino en lo que fue para ella la revelación de su carácter. Hasta hacía pocos días, ninguna causa hubo en su vida que despertara pasión de ánimo. Sus antepasados fueron hombres de férrea voluntad, que no toleraban más poder que el suyo. Su padre había heredado aquel temple, y, a veces, los suyos huían ante el estallido de su cólera, como los antílopes corren en la pradera huyendo del fuego. Juana Withersteen comprendió que el espíritu de la ira y de la lucha había estado latente en ella, y retrocedía ante aquel siniestro abismo, insospechado hasta entonces. Lo que más había detestado en hombres y mujeres, lo que jamás quiso perdonar, era el odio. El odio llevaba a las almas por un camino en llamas derechamente al infierno. Y, de pronto, como un relámpago, sin que lo pudiera remediar, había surgido en ella un odio fiero, violento. Y el hombre que rebajaba su tranquilo y cariñoso carácter a tal degradación era un ministro de Dios, un dignatario de su religión, el consejero de su amado obispo.
La pérdida de su ganado, de su rancho, hasta de la Fuente Ambarina y de su vieja mansión, nada importaba ya a Juana Withersteen. Enfrentábase sólo con la idea principal, con lo que consideraba problema de la más grande importancia y al lado del cual todo lo demás desaparecía: la salvación de su alma.