Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja Cuando Juana Withersteen se levantó después de aquella plegaria, estaba tranquila y segura de sà misma; era una mujer distinta. CumplirÃa su deber tal como lo entendÃa, viviendo de acuerdo con su verdad. Acaso nunca le serÃa posible casarse con el hombre de su elección, mas tampoco consentirÃa en ser esposa de Tull. Los dignatarios de los mormones podrÃan quitarle los hatajos, los caballos, la hacienda, los prados, la casa de Withersteen, el agua que hacÃa florecer el pueblo de Cottonwoods, pero no la obligarÃan jamás a casarse con Tull. Decidida y resignada a soportar todas las pérdidas, y muy segura de sà misma, Juana Withersteen sintió una tranquilidad de espÃritu de la que no gozaba hacÃa más de un año. Perdonó a Tull y lamentó melancólicamente su equivocación. Tull, como hombre, querÃa a Juana para sÃ, en primer lugar; y en segundo, esperaba salvarla a ella y sus riquezas para la Iglesia mormona. Juana no creÃa que Tull obrase impulsado tan sólo por el deseo religioso de salvar el alma de ella. Además, no temÃa a Tull en este sentido. Aunque le habÃan enseñado que el obispo de la comunión mormona estaba en comunicación directa con Dios y que podrÃa condenar su alma al eterno fuego, dudaba que el obispo pronunciase tal anatema sólo porque ella se negara a casarse con Tull. En cuanto a éste y los demás dignatarios, acaso cuando ella estuviera arruinada, pero indómita, le devolverÃan todo lo que perdiera. Asà razonó Juana Withersteen, leal hasta el fin con su fe en los hombres, cuya bondad acabarÃa por prevalecer…