Los Jinetes de la Pradera Roja

Los Jinetes de la Pradera Roja

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Juana salió de sus habitaciones al oír penetrar en el patio un caballo. Encontró allí a Lassiter, al lado de su ciega montura. La sonrisa del jinete contrastaba singularmente con el terrible aspecto de las negras pistoleras que llevaba. De pronto despertóse de nuevo en Juana el deseo de frustrar las siniestras intenciones que llevaran a Lassiter a Cottonwoods. Si ella pudiese suavizar el odio que éste sentía por los mormones o, por lo menos, evitar que matara más, no sólo salvaría a sus correligionarios, sino que humanizaría al Lassiter homicida.

—Buenos días, señora —dijo el jinete, sombrero en mano.

—Lassiter, no soy tan vieja para llamarme señora —replicó ella, con la más encantadora de sus sonrisas—. Si no queréis llamarme señorita Withersteen, llamadme Juana.

—El nombre de Juana es más fácil. Los nombres de pila siempre me han gustado más.

—Pues bien, llamadme por el mío… Lassiter, me place veros. Tengo un grave disgusto. Le contó detalladamente el regreso de Judkins, el robo del hatajo rojo, la salida de Venters montado en Camorra y la retirada de sus jinetes.

—Creo, Juana, que os mostráis demasiado risueña y hermosa para que uno crea en tantas atribulaciones —observó el jinete.


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