Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja —¡Lassiter! ¡Ésos son piropos! Pero, en serio: he decidido no estar triste. He perdido mucho y seguramente perderé más aún. Sin embargo, no quiero disgustarme, y espero que no volveré a sentirme desdichada.
Lassiter, dando vueltas a su sombrero, como era su costumbre, tardó algún tiempo en contestar.
—Las mujeres son seres extraños para mÃ. Hace muchÃsimos años que no he tratado a ninguna. Con todo, me gusta una mujer valiente. Y puesto que tomáis las cosas con tanto ánimo, ¿me permitÃs que os pregunte si estáis decidida a luchar?
—¿Luchar? ¿Y cómo? Aunque quisiera, no tengo más amigo que ese muchacho, que no puede permanecer en el pueblo.
—Perdonad mi atrevimiento, señora…, digo, Juana…; pero tenéis otro…, si lo deseáis.
—¡Lassiter…! Gracias, ¿pero cómo voy a aceptaros por amigo? ¡Pensad! IrÃais en seguida al pueblo con esas terribles armas y matarÃais a mis enemigos… que son también dignatarios de mi religión.
—Si me encolerizasen tendrÃan su merecido —respondió secamente. Ella le tendió ambas manos.
—¡Lassiter! Acepto vuestra amistad…, me enorgullecerÃa de ella…, la devolverÃa con creces…, si asà impido que matéis a más mormones.