Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja Juana subió unos cuantos pasos detrás del jinete y miró por encima de la cumbre. Al otro lado, la vertiente daba a un valle bastante grande, cuya salida estaba a la izquierda. Siguiendo las ondulaciones de la pradera, Juana vio el hatajo blanco dividido en varias hileras y un grupo central. Aun a la distancia que se hallaba el ganado, sabÃa Juana que algo anormal iba a ocurrir. Cogió los anteojos y examinó la pradera lentamente, de izquierda a derecha, vio que los bueyes de las hileras mostrábanse inquietos, mientras que los del compacto grupo central estaban paciendo. Juana volvió a enfocar los anteojos sobre los grandes cabestros y vio que corrÃan con pasos cortos, se detenÃan de pronto, sacudÃan la cabeza, miraban en todas direcciones y volvÃan a correr hacia otro sitio. El juego inquieto de los bueyes guÃas repetÃase una y otra vez.
—Judkins no ha podido reunir aún a sus muchachos —dijo Juana—. Pero pronto estará aquÃ. Espero que no llegue demasiado tarde. Lassiter, ¿qué es lo que asusta a los cabestros?
—En este momento, nada —repuso Lassiter—. Ahora están calmándose. Los han asustado, pero la cosa no ha sido todavÃa muy grave. Creo que todo el hatajo en conjunto se ha corrido como cosa de una milla hacia acá, desde que me he marchado.
—Pues no han podido ir ramoneando toda esa distancia. Los bueyes no corren como las ovejas.