Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja —Es verdad; vuestro hatajo ha salvado esa distancia corriendo, y en eso consiste el peligro.
—¿Qué puede haberlos asustado, Lassiter? —preguntó Juana con impaciencia.
—Dejad los anteojos. Al principio lo veréis mejor a simple vista. Ahora mirad a lo largo de los cerros que se ven detrás del ganado, aquellos que están inundados de sol… ¡Eso es! Mirad con atención y esperad.
Juana miró pacientemente, pero, a pesar de transcurrir varios minutos, no vio más que el cerro cubierto de artemisa.
—¡Ya empieza! —murmuró Lassiter, y la asió del brazo—. ¡Atención…! ¡Ahora! ¿Lo habéis visto?
—No, no he visto nada. ¿Qué es lo que se ve?
—Un resplandor blanco…, el destello de una luz rápida, viva y pequeña…, un reflejo como el de los rayos de sol. Ese reflejo es lo que asusta a los animales.
Juana volvió a mirar y, de pronto, percibió un destello. Rápidamente se llevó los gemelos a los ojos. Durante unos minutos de larga espera la impacientó con su monotonÃa la pradera roja, más grande en tamaño y más fuerte en color vista a través de los anteojos. De súbito surgió de entre la artemisa del cerro un objeto blanco, ancho, en el que el sol se reflejó vivamente, para desaparecer al instante.