Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja —¿Qué podrá ser eso?
—Debe de haber alguien escondido allà que, de vez en cuando, flamea rápidamente una sábana para reflejar el sol.
—¿Y para qué? —preguntó Juana, más confundida que nunca.
—Para provocar la estampida del ganado —replicó Lassiter sarcásticamente.
—¡Ah! —exclamó Juana, y un espasmo de furor sacudió su cuerpo. Luego dejó caer la cabeza y, a poco, la levantó, esforzándose por sonreÃr—. ¡Mis virtuosos hermanos en Dios están haciendo de las suyas! —dijo desdeñosamente. HabÃa logrado apagar la llama de su cólera; mas, por primera vez en su vida, contrajéronse sus labios en un rictus de amargo despecho—. He dicho que estaba preparada para todo, y no es verdad.
¿Por qué, pregunto, han de querer provocar la estampida entre mis bueyes?
—Pues porque ésas son las nobles y honradas maneras que tienen los mormones de doblegar a una mujer.
—Lassiter, yo moriré antes que doblegarme. Quizá me dejarÃa guiar, pero no consiento que me lleven a la fuerza… ¿Creéis que el ganado se desbandará?