Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja —No puede ser —dijo un gentil, Carson de nombre, que habÃa conocido mejores tiempos—. Hemos recibido un aviso categórico. Claro está que Judkins puede no hacer caso de las amenazas, puesto que sabe manejar las armas, lo mismo que los diablos de muchachos que ha tomado a su servicio. Están completamente solos y no tienen ninguna responsabilidad. Pero ¿es que nosotros podemos arriesgarnos a que nos quemen las casas durante nuestra ausencia?
Juana sintió que la invadÃa un intenso frÃo al oÃr las palabras de Carson.
—OÃdme, Carson: vos y, los vuestros, ¿pagáis alquiler por estas casas? —preguntó ella.
—Vos debéis de saberlo, señorita Withersteen. Algunas de ellas son vuestras.
—¿Qué yo lo sé?… Carson, no he aceptado, en pago del alquiler, ni un solo dÃa de prestación personal; nunca admità ni un manojo de hierba, y mucho menos, dinero.
—Bivens, el encargado de vuestros almacenes, se cuida de eso.