Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja —Escuchadme, Carson —exclamó Juana, enardecida—. Vos, Black y Willet podéis recoger vuestras cosas e ir con vuestras familias a vivir a mis cabañas del bosque de álamos. Son más cómodas que estas casuchas. Y desde allà podéis trabajar a mi servicio. Si sucediera lo peor, yo os daré dinero…, oro suficiente para que podáis salir de Utah.
Carson empezó a balbucear palabras incoherentes; las lágrimas nublaron sus ojos, y cuando, al fin, pudo hablar fue para pronunciar una maldición, expresando con ella el profundo respeto y el afecto que le merecÃa Juana Withersteen. Su mirada y el tono de su voz le recordaban a Juana, extrañamente, a Lassiter.
—¡No, no, no…, imposible, no puede ser! —dijo Carson después de serenarse un poco—. Señorita Withersteen, existen cosas que ignoráis, y entre nosotros no hay nadie que pueda decÃroslas.
—Me parece que estoy aprendiendo muchas cosas, Carson. Bien, dejemos eso.
¿Queréis permitir que os ayude hasta que vengan tiempos mejores?
—SÃ, lo permitiremos agradecidos —repuso el hombre, animándose—. Yo sé lo que es eso para vos, y vos sabéis lo que significa para nosotros. Y si vienen esos tiempos mejores, me sentiré feliz de poder trabajar para vos.