Los Jinetes de la Pradera Roja

Los Jinetes de la Pradera Roja

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—Los tiempos mejorarán. Yo confío en Dios y tengo fe en los hombres. Buenos días, Carson.

Y Juana se marchó para dirigirse a la más miserable de las chozas de los gentiles. Esta choza hallábase ya fuera del pueblo, en medio de campos de alfalfa, sombreada por algunos álamos de anchas copas. Al aproximarse Juana, la vio una niña, que dio un grito de alegría y fue hacia ella corriendo. Era una nena de cuatro años, llamada Fay, de aspecto encantador, y tan bella que más parecía un ángel que una criatura humana.

—Mamaíta te llama —gritó Fay cuando Juana la besó—, y tú no vienes nunca.

—No lo sabía, Fay, pero ahora ya estoy aquí.

Todos los niños de Cottonwoods, mormones y gentiles, eran amigos de Juana Withersteen, y a todos los amaba ella, pero a la que más quería era a Fay. Ésta tenía pocos compañeros de juego, porque entre los hijos de los gentiles no los había de su edad y los de los mormones no podían jugar con ella porque les estaba prohibido.

—Mamaíta, muy enferma —dijo Fay llevando a Juana hacia la puerta de la casucha en que vivía su madre, una pobre viuda.

Juana entró. Constaba la vivienda de una sola y sombría habitación que apenas contenía muebles; sin embargo, su aspecto era de gran limpieza. En una cama había una mujer.


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