Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja —Señora Larkin, estáis mejor, y de ello me alegro —dijo—. Ahora que ya estoy aquÃ, ¿puedo hacer algo por vos, enviaros algo que os haga falta o cuidarme de Fay?
—¡Sois tan buena! ¿Qué hubiera sido de mà y de mi hija sin vos, desde que se murió mi pobre marido? Yo deseaba hablaros sólo por Fay. Creà morirme esta vez, y me preocupaba el porvenir de la niña. Ahora estoy mejor, pero también me hallo al cabo de mis fuerzas, y no viviré ya mucho. De modo que más vale que os hable con entera franqueza. ¿Recordáis que hace tiempo me venÃs hablando de cederos a Fay para que podáis criarla como hija vuestra?
—SÃ, sÃ…, y me complacerÃa tenerla. Sin embargo, espero que el dÃa…
—Eso no importa. El dÃa vendrá…, más temprano o más tarde. Yo rechacé entonces vuestro ofrecimiento, y ahora os voy a decir el motivo.
—Ya lo sé —dijo Juana—. Porque no queréis que la eduque como mormona.