Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja —¡Hola, forastero! —exclamó Tull, sin que su voz revelara sentimientos de bienvenida, sino únicamente frÃa curiosidad.
El jinete contestó con un movimiento de cabeza a modo de saludo. La ancha ala de su gran sombrero negro proyectaba una oscura sombra sobre su rostro. Durante un instante estuvo contemplando a Tull y a sus hombres, y luego se detuvo, perdiendo algo de su rigidez.
—Buenas tardes, señora —dijo a Juana, y se quitó el sombrero con rara desenvoltura. Juana correspondió a su saludo, y al contemplar su rostro, instintivamente confió en él. TenÃa todas las caracterÃsticas de los jinetes de la pradera: una faz enjuta, tostada por el sol, y la rigidez que dan los años de silencio y de soledad. Mas no fue eso lo que atrajo la atención de Juana, sino la intensidad de su mirada, una indolencia peculiar, un fuerte anhelo que se leÃa en sus grises y agudos ojos, como si aquel hombre buscase infatigablemente algo que nunca hallaba. La sutil intuición femenina de Juana adivinó en él, a pesar del breve instante, una tristeza, una añoranza, un secreto.
—¿Sois Juana Withersteen? —preguntó el jinete.
—Sà —contestó ella.
—¿Os pertenece el agua de aqu�
—SÃ.
—¿Me permitÃs que abreve mi caballo?