Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja —Naturalmente. Ahà tenéis el abrevadero.
—Pero, quizá, si supierais quien soy… —El desconocido vaciló, mirando un momento a los hombres que escuchaban—, tal vez no me dejaseis abrevar mi caballo, aunque nada pido para mÃ.
—Forastero, no importa quién seáis. Abrevad vuestro caballo. Y si tenéis sed y sentÃs hambre, entrad en mi casa.
—Gracias, señora. Nada deseo para mÃ, sino para mi caballo, que está cansado…
El piafar de los caballos interrumpió al jinete. Los hombres de Tull moviéronse con inquietud y rompieron el cÃrculo que ocultaba al prisionero Venters.
—Parece que mi llegada ha interrumpido algún acontecimiento… ¿Es as� —preguntó el forastero.
—Sà —repuso Juana Withersteen con un sollozo en la voz.
Ella sintió la irresistible mirada del forastero clavarse en sus ojos; luego le vio mirar a Venters, a los hombres que lo tenÃan sujeto y a su cabecilla.
—En este paÃs, todos los ladrones de caballos, todos los bandidos, todos los gunmen[3], toda la gente maleante parece reclutarse entre los gentiles. Señora, ¿a qué clase maleante pertenece ese joven?
—A ninguna. Es un muchacho honrado.
—¿Vos lo sabéis, señora?
—Desde luego…