Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja —Entonces, ¿qué hizo para que lo hayan atado asÃ? La pregunta, clara y terminante, que se dirigÃa tanto a Tull como a Juana, aquietó a los hombres y motivó un momento de absoluto silencio.
—Preguntádselo a él —replicó Juana elevando la voz.
El jinete se separó de ella con el mismo paso lento y mesurado con que se aproximara, y el hecho de que su acción dejase a Juana separada del grupo de Tull y sus hombres tenÃa una clara significación.
—Joven, ¡hablad! —dijo dirigiéndose a Venters.
—¡Eh, forastero, este asunto no os interesa! —dijo Tull—. Haced el favor de no meteros en él. Se os ha dado permiso para abrevar vuestro caballo y se os ha invitado además a comer. Esto es más de lo que se acostumbra en los pueblos de la frontera de Utah. Abrevad, pues, vuestra cabalgadura y marchaos.
—Despacio…, despacio; aún no me he metido en nada —replicó el jinete. En el tono de su voz habÃase operado un cambio. Era otro hombre el que hablaba. Al dirigirse a Juana se expresó con suavidad y gentileza, y ahora, al hablar por primera vez con Tull, lo hacÃa con sequedad, frÃa y mordazmente—. Veo que he sorprendido una escena extraña. Siete mormones, todos con pistolas al cinto; un gentil maniatado y una mujer que afirma ser éste un hombre bueno. Muy raro, ¿verdad?