Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja —Raro o no, nada os importa —exclamó Tull.
—En el paÃs dónde nacÃ, la palabra de una mujer es ley. TodavÃa no lo he olvidado. Tull se agitó, movido por la sorpresa y el furor.
—¡Entrometido! Nosotros tenemos aquà para las mujeres leyes muy distintas… ¡La ley de los mormones! ¡Cuidado con violarla!
—¡Al infierno las leyes mormonas!
El deliberado insulto señaló otro cambio en la actitud del jinete, que se mostraba ahora amenazador. Tull se quedó con la boca abierta y se echó atrás ante la blasfemia injuriosa contra una institución que para él era sagrada. Jerry soltó las bridas de los caballos y se quedó de piedra. Los demás permanecieron rÃgidos, alerta los ojos, esperando.
—¡Hablad, joven! ¿Qué habéis hecho para que os hayan atado de ese modo?
—¡Es un atropello, un ultraje! —gritó Venters—. Nada malo he hecho. He enojado a este dignatario de los mormones por ser amigo de esa mujer.
—Señora, ¿es verdad lo que dice? —preguntó el jinete dirigiéndose a Juana, pero sin que sus penetrantes ojos se apartaran del grupo de los silenciosos hombres.
—¿Qué si es verdad? SÃ, sÃ, es la pura verdad —contestó ella.