Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja —Pues, joven, yo creo que de esta dama no se puede dejar de ser amigo… ¿Qué os quieren hacer por ello?
—Quieren azotarme. Bien sabéis lo que eso significa… en Utah.
—Creo que sà —observó con calma el jinete. Contempló con frialdad a los mormones; el inquieto piafar de los caballos, la creciente agitación de Juana, la digna quietud de Venters, aumentaron la tensión del momento. De pronto, Tull se echó a reÃr; mas era la suya una risa forzada, una risa que sólo revelaba su temor.
—¡Vámonos! —gritó a sus hombres.
Juana Withersteen volvióse nuevamente hacia el jinete.
—¿No podéis hacer nada para salvar a Venters?
—Señora, ¿deseáis que lo salve de… vuestra gente?
—¿Si lo deseo? ¡Os lo ruego!
—Pero… vos no sabéis a quién se lo pedÃs.
—¡Oh, señor, os lo suplicó! ¡Salvadle!
—Esa gente es mormona, y yo…
—No importa… ¡Salvadle…!, pues le quiero. Tull emitió un fiero gruñido.
—¡Imbécil! ¡Revela tus secretos! Hallaremos un medio para enseñarte lo que aún no has aprendido… ¡Vamos, hombres, en marcha!