Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja —¡Mormón! ¡Ese joven se queda! —ordenó el jinete.
—¿Qué?
—¡Ese joven se queda aquÃ!
—¿Quién me impedirá llevármelo? ¡Es mi prisionero! —bramó Tull—. Forastero, os lo aconsejo nuevamente… No os metáis dónde no os llaman. Bastante he tolerado ya: ¡marchaos en seguida o…!
—Os lo repito: ¡ese joven se queda aquÃ!
La voz metálica del jinete no admitÃa duda: habÃa decidido proteger al desgraciado Venters.
—¿Quién sois? Nosotros somos siete.
El jinete dejó caer su sombrero e hizo un rápido movimiento, muy singular: se quedó un poco agachado con los brazos ligeramente doblados y en tensión, y las negras fundas de las dos grandes pistolas bien visibles, al alcance de sus manos.
—¡Lassiter!
La exclamación de sorpresa, el grito emocionante de Venters, fue cómo un puente de conexión entre la actitud extraña de aquel personaje y el nombre del hombre temido.