Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja —¡Esperad! Señora Larkin: yo quizás habré dicho en mi vida muchas mentiras sin importancia, pero jamás he mentido cuando se trataba de algo serio, ni cuando con mi mentira podÃa perjudicar a alguien. Ahora, podéis creer lo que os digo. Yo quiero a la pequeña Fay. Si la tuviera a mi lado la adorarÃa… Y quisiera probároslo. Venid las dos a vivir a mi casa. Es muy grande, y vivo muy sola. Cuando estéis mejor y queráis, os daré trabajo. Yo cuidaré de la pequeña y la educaré, pero no a lo mormón. Y sÃ, cuando sea mayor, desea marcharse al Estado de Illinois, la dejaré ir, pero no con las manos vacÃas. Lo prometo.
—¡Ya sabÃa yo que era mentira! —repuso la viuda, y se recostó en la cama con un suspiro de alivio—. ¡Juana Withersteen, que el cielo os bendiga! Siempre he sentido por vos profunda gratitud, y sólo porque sois mormona no me he atrevido a creer en vos hasta ahora. Poco sé de religiones, pero estoy segura de que vuestro Dios y el mÃo son el mismo.