Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja Venters, al ver que la muchacha bajaba honestamente los ojos y que las rosetas febriles aumentaban al invadir el rubor sus mejillas, se maravilló de nuevo, y dÃjose que, aunque la joven perteneciera a los bandidos, era aún capaz de avergonzarse.
—Muy bien, Bess. El nombre no importa —dijo Venters—, pero sà saber qué he de hacer con vos.
—¿Sois… jinete… de la pradera? —preguntó ella en voz muy baja.
—Ahora no. Lo he sido. Estaba al cuidado de los hatajos de Withersteen. Perdà mi empleo…, perdà todo lo que poseÃa… Ahora soy… un proscrito. Me llamo Bern Venters.
—No me llevéis a Cottonwoods… ni a Glaze… Me… ahorcarÃan.
—Os lo prometo. Pero algo he de hacer con vos. Aquà no estoy seguro. He matado al bandido que os acompañaba. Tardé o temprano lo hallarán y me buscarán. He de encontrar un escondite más seguro, uno que no puedan descubrir.
—Dejadme aquÃ… y marchaos.
—¿Sola…? ¿Dejaron morir aquà sola?
—SÃ.
—¡No quiero! —gritó Venters con vehemencia.
—¿Qué… queréis hacer… conmigo? —murmuró la muchacha, tan débilmente que Venters se vio obligado a inclinarse sobre ella para entenderla.