Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja —Os lo diré —replicó lentamente el joven—. Me gustarÃa llevaros a un sitio seguro dónde poder velaros y cuidaron hasta que estuvieseis bien.
—Y… ¿luego?
—Tiempo hay de pensarlo cuando se haya curado vuestra herida. Es muy grave, Bess, y si deseáis sanar, debéis luchar, animaros, tener voluntad de vivir; de lo contrario…
—¡Oh! ¡Deseo vivir…! Temo morir…, pero antes esto… que volver al lado de…
—¿Oldring? —le preguntó Venters interrumpiéndola. Los labios de la muchacha murmuraron un sà muy débil.
—Os prometo no llevaros ni a él, ni a Cottonwoods, ni a Glaze.
Los ojos de tristeza y desamparo de la joven expresaron una indecible gratitud y alegrÃa. Y, súbitamente, Venters encontró también bellos sus ojos, como jamás habÃa sentido la belleza. Eran de un azul tan oscuro como el firmamento nocturno. Y el destello de gratitud tornóse en mirada pensativa, y con ansia y esperanza naciente contempláronle aquellos ojos.
—Trataré de vivir —dijo ella, cada vez más débil—. Haced… de… mÃ… lo que queráis.
—Descansad, pues; no os preocupéis… ¡dormid! —contestó él.