Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja Y se levantó resueltamente, como si las palabras de ella determinaran una decisión en él. Dando una fuerte voz de mando a los dos perros, que habían de permanecer junto a la enferma, Venters se alejó del campamento. El joven dábase cuenta de que algo cambiaba en él. No acertaba a explicarse sus emociones, y, como lo que más le urgía de momento era hallar un lugar seguro dónde poder ocultarse, dejó sus cavilaciones y se preparó a la acción.
Aún quedaban algunas horas antes de que sobreviniese la noche. Al penetrar en la hondonada escogió el lado izquierdo, dónde había visto un amontonamiento de piedras y unas cimas de extrañas escarpaduras. Deslizóse cautelosamente a lo largo del rocoso muro hasta que éste se convirtió en un plano inclinado de desnuda piedra.
Antes de proseguir estudió el extraño carácter de aquella ladera y se dio cuenta de que cualquier objeto que se moviera por ella sería visible a gran distancia. La pendiente de roca estaba llena de pequeñas cavidades, debidas seguramente a la acción de centurias de lluvia.
Unos cien metros más arriba empezaba una línea de deformes cedros, que se extendía a lo ancho de la ladera hasta la parte sur. Hacia esta parte deseaba ir Venters, y pensó que los cedros le ofrecerían algún abrigo.