Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja Supuso el joven que la liebre tendrÃa su madriguera en algún punto más alto; más de una vez estuvo a punto de cogerla, pero siempre, haciendo un nuevo esfuerzo, el animal lograba huir. Asà continuó la caza por la desnuda pendiente, y cuanto más alto subÃa, más determinado estaba el cazador a no cejar en su empeño. Por fin, jadeante y sudando, alcanzó a la liebre en la parte de la pendiente dónde ésta tenÃa más verticalidad. Después de matarla y colgársela del cinto, esperó un momento para descansar de la fatiga.
HabÃa subido por la suave pendiente de maravilloso aspecto y casi habÃa alcanzado la base del risco amarillo, proyectado allà hacia el cielo, en forma de una masa de piedra de singular estructura, que parecÃa mirarle como si prohibiese cualquier tentativa de ascensión. Dispuesto a bajar de nuevo, Venters se inclinó para recoger el rifle, que habÃa dejado apoyado en la pared, y, de pronto, advirtió varias pequeñas mellas, a modo de escalones, en la roca.
TenÃan pocos centÃmetros de profundidad, y distaban entre sà unos treinta. Venters empezó a contarlas: Una… dos… tres… cuatro… hasta dieciséis, viéndose obligado a elevar la mirada hasta la primera rampa, en el enorme risco, y allÃ, después de un pequeño rellano, continuaba la pared, más abrupta aún, y continuaban también las mellas, que parecÃan dar la vuelta por un saliente de la roca.