Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja Una mirada distraída no hubiera concedido importancia a aquellos cortes en la piedra monda, y si Venters ignorase su significación, no le habrían merecido atención alguna. Pero el joven sabía que aquellos cortes eran obra humana, que habían sido hechos por hombres, y, aunque gastados por el tiempo, reconoció que se hallaba ante una especie de escalinata hecha por los trogloditas que vivieron allí en pasados milenios.
Emocionado contempló aquella línea de rudimentarios escalones que se perdían de vista tras el contrafuerte de la pared. El joven sabía que detrás de aquel contrafuerte hallaríase una cueva por nadie sospechada. El azar, que últimamente había jugado con él, dirigía también sus pasos hacia aquella cueva oculta. Nuevamente dejó el rifle en el suelo, se quitó los zapatos y el pesado cinturón, y empezó a encaramarse por los singulares peldaños. Subió con la agilidad de un gato montés, recorriendo la primera parte sin necesitar valerse del apoyo de las manos. Después vióse obligado a usarlas también para poder seguir ascendiendo; y, por fin, llegó al contrafuerte del muro roqueño, y lo traspuso, Allí se encontró ante una gran grieta en el risco y, al trasponer también ésta, se metió de pronto en un escarpado paraje que partía el enorme muro de arriba abajo, dejando entrever en la cúspide una estrecha faja de cielo azul.