Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja La mirada de Venters fue atraÃda iresistiblemente por la altura de las abruptas paredes de aquella escalera de granito. Los muros eran de arenisca amarilla y tan fragosos que Venters, asustado, retrocedió un paso como si temiera que algunas partes semisueltas, algunos de aquellos tremendos picos y hendiduras de las paredes, pudieran venirse abajo. ParecÃa como si aquellos riscos escarpados no esperasen sino un hálito de viento para derrumbarse. Venters vaciló; preguntábase si no serÃa temerario aventurarse entre el expectante alud de rocas de aquella colosal grieta que formaba el camino ascendente. Y, sin embargo, ¡cuántos siglos harÃa que amenazaban desplomarse! El joven se dijo que era pueril temer a las paredes quebradas, puesto que, después de mantenerse en aquella forma durante miles de años, como denotaba la lisura del suelo, no iban a caer en el momento que pasara él. No obstante, seguÃa atemorizado ante la terrible grandeza del espectáculo.
—¡Qué lugar para ocultarse uno! —exclamó—. Subiré, sÃ…, Quiero ver adónde lleva este camino, Y… si encuentro agua…