Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja Le disgustó no haber pensado antes en ello; aunque, naturalmente, esperar la muerte de la joven y pensar en sus comodidades eran cosas muy contrapuestas. Abrió la manta en que Bess estaba envuelta. ¡Qué esbelta y frágil era! No era extraño que pudiera llevar aquel cuerpo durante tantas millas, subir y bajar las escarpadas pendientes con él en brazos. Las botas que calzaba eran de suave y fina piel, y le llegaban a las rodillas. Sus espuelas, que él se olvidó estúpidamente de quitarle, eran de marco de plata con cadenas de oro, y las rodajas, del tamaño de un dólar, tenían caprichosas incisiones. Le costó un considerable esfuerzo descalzarla. Debajo llevaba calcetines gruesos de lana unidos con una liga al pantalón de montar. Venters se los quitó, observando que sus piececitos estaban hinchados y rojos, por lo que se los bañó cuidadosamente. Después le lavó la cara y las manos valiéndose de su faja.
—Ahora he de examinar las heridas —dijo con dulzura.