Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja La joven no contestó, pero le miraba fijamente mientras iba desabrochándole la blusa y desatando la venda. Sus fuertes dedos temblaron un poco al quitar ésta. ¿Y si las heridas se habÃan abierto otra vez? Sintióse invadido de un gran frÃo cuando vio la aparatosa señal de la bala, de la cual salÃa un delgado hilo de sangre que resbalaba por el blanco pecho. Con mucha cautela levantó un poco el cuerpo para examinar la herida del dorso, y vio que estaba cerrada, limpia. Después le lavó el pecho, bañó la herida y no volvió a vendarla, para que estuviese en contacto con el sano aire de la montaña.
Los ojos de la joven expresaron el agradecimiento que sentÃa.
—Escuchadme —dijo Venters con seriedad—. Yo mismo he tenido heridas y he visto muchas, aunque no soy muy, ducho en cuanto a ellas concierne. El agujero de la espalda está cerrado, y si podéis permanecer quieta durante tres dÃas, el del pecho se cerrará también, y entonces estaréis salvada, porque habrá desaparecido el peligro de una hemorragia.
—¿Por qué deseáis… que me cure? —preguntó ella, recelosa.