Los Jinetes de la Pradera Roja
Los Jinetes de la Pradera Roja —Yo os herà —contestó Venters lentamente, sintiendo de nuevo la extraña e indecible sensación— y deseo que os pongáis bien, porque no quisiera ser culpable de La muerte de una mujer. Pero… lo deseo por vos misma. Una terrible amargura oscureció los ojos de Bess, y sus labios se movieron.
—¡Silencio! —exclamó Venters—. Habéis hablado mucho y es preciso que descanséis.